sábado, 29 de agosto de 2009

emigrante


Hace días regresé de estar viviendo en otro país y ahora que vuelvo a vivir en mi isla, lejos de sentirme en casa me encuentro divagando por un mundo que ya no reconozco como mío.
Pedro Lezcano nos regaló un poema eterno sobre el emigrante canario. Yo, a día de hoy, no me arrepiento de haber cogido esa maleta para buscar otra vida pero no me cabe duda del arma tan peligrosa que suponía, pues ahora mi adorada tierra ha perdido su color, y ya no me devuelve la ilusión de días pasados.

Todos los que cambiaron de país podrán entender estas palabras: primero añoras lo que dejas atrás, luego aprendes a querer tu nueva tierra, pero siempre hay algo que te impulsa a regresar a tus raíces. Sin embargo, cuando lo haces eres como una pieza de puzzle intentando encajar en el sitio equivocado. Es entonces cuando te das cuentas de que ésta será la pesada roca que cargarás una y otra vez hasta la cima de la montaña.

La muerte de un pensamiento

Como si de un sueño se tratase desperté en mi cama, mi cuarto, mi casa, mi isla. Todos los pensamientos que rondaban mi cabeza desaparecieron, ya no reflexionaba, no pensaba, no existía. Se acabaron los estímulos intelectuales y volví a sumarme a la rutina isleña del conformismo. No puedo decir que no lo intenté, porque lo intenté y topé con un muro difícil de romper. Mis ideas se perdían como la luz del flash de mi cámara cuando intenta fotografiar un objeto lejano en la noche. No puedo coger mi bicicleta y marcharme, buscar el lugar a donde quiero ir porque no sé dónde está, no sé por dónde empezar a vivir. Mis frustraciones políticas no van a ningún lado, mis conversaciones hace días que carecen de perspectiva y profundidad, son sólo palabras ligeras que se lleva el viento. Mi vida laboral deambula entre la frustración y la impotencia y no sé cómo ponerle remedio.

Puedo sentir como una parte de mí comienza a morir, prefiero pensar que simplemente se está quedando dormida, una consciencia aletargada a la espera de un estímulo primaveral que le devuelva la energía necesaria para sentirse capaz de mover el mundo que le rodea en la dirección que más le favorezca. Pero mis pensamientos siguen muriendo, pero las conversaciones, como hiciera en mi cuarto por mucho tiempo, las mantengo a solas, con migo misma, rozando la fina línea que delimita la cordura de la sinrazón. Ya no es soledad lo que siento, es incomprensión, es soledad intelectual, es un vacío que nadie que conozca puede llenar.

Seguiré avanzando, buscando la manera de alimentar mi mente mustia a la espera de un nuevo cambio que parece impensable. Recuerdo la vida que tuve, la vida que quise, la vida que voluntariamente dejé atrás, mejor será recordar con nostalgia, con cariño, y no pensar en ella como una pérdida, sino como uno de tantos pilares que conforman vida y mi propia persona.