Acabo de ver una de esas obras de arte que deben de pasar por la vida de cada ser humano, si alguien todavía no lo ha descubierto les recomiendo emplear dos horas de su tiempo en ver la película Milk. Está basada en hechos reales y muestra el activismo político llevado a cabo en San Francisco hace 30 años en la lucha por los derechos homosexuales. Y es que son todas esas personas, que pusieron en riesgo su vida tanto social como física, las que han hecho posible que gente como yo haya llevado una vida ciertamente más cómoda.
Estuve en Madrid la semana pasada y me quedé alucinada con la fuerza y el poder revolucionario de aquellos que subieron al escenario a leer un discurso por los 40 años de la celebración del orgullo gay. Personas que se trasladaron a Chueca cuando no era más que un barrio periférico de mala muerte que sólo albergaba lo peor de la capital. Persona que a su modo cambiaron el mundo que les rodeaba para convertir a Chueca en un motivo de orgullo para cualquier español. Sin embargo, también sufrí la decepción de mirar a mi alrededor y saber que sólo un pequeño porcentaje de los que andaban de celebración por la calles estaban allí escuchando a las personas que sacrificaron la comodidad de su vidas para con mucho esfuerzo (y probablemente dolor) ir abriendo ese angosto camino en la cultura de este país.
Ellos deberían ser nuestros héroes y heroínas, ellos y ellas deberían ser los nombres e historias que tendríamos que recordar y rememorar cada vez que se tercie la ocasión adecuada. Cuando miro atrás, y la película es una manera estupenda de hacerlo, me asombra el enorme parecido que mantiene con los problemas actuales; diferentes conflictos, mismos argumentos. La historia se repite una y otra vez, girando como la espiral de un sacacorchos que nunca tiene fin, y sin embargo algo sí que ha cambiado. Lamentablemente, la generación de la que soy parte creció y vive rodeada de las comodidades que otros persiguieron por ellos. Nos hemos convertidos en meros espectadores de la vida, por supuesto que nos indignan las noticias, nos causan sentimientos muy adversos e incluso rabia, pero no hacemos nada. El espíritu revolucionario quedo muy atrás, en las épocas en las que luchar por tus intereses era la única salida a una vida digna. Ahora, muchas veces no somos capaces ni de librar las batallas que sólo nos afectan a nosotros, a nuestra vida, nuestra familia. Ellos y ellas libraron batallas, y ganaron, y perdieron, pero nunca han dejado de luchar.
Todavía hay un largo camino por recorrer, un sendero abierto pero todavía muy estrecho que nos empuja a la discriminación social, que nos hace querer pasar desapercibidos para evitar conflictos mayores cuando no somos culpables de absolutamente nada. Por eso, a través de esta ventanita al mundo que es internet, procuraré traer las vidas de esos héroes y heroínas anónimos que hicieron del mundo un lugar mejor, empezando por Harvey Milk.

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